Buscar este blog

miércoles, 8 de enero de 2014

Asistiendo a las despedidas…


Ser testigo de las propias despedidas tiene algo de bello y algo de cruel; saberse viviendo finales comprometiendo hasta la última gota de la existencia nos abisma con la finitud.
Sentí que se acercaba este final, y aunque no sea el más duro de todos…es demasiado pesado para transitar.
Nuestros padres ya no son los dueños de casa. Nos fuimos adueñando poco a poco de sus decisiones, de qué ropa usan, qué van a comer, quien va a guardar su dinero mensual tan merecido por tantos años de trabajo y esfuerzo, a qué hora desayunan, almuerzan, cuando salen de su casa y cuando no, quien los cuida…y así ellos fueron perdiendo progresivamente la posesión de sus propias vidas. Nosotros las tomamos en sus manos. Es verdad, ellos ya no pueden hacerlo. Pero aún tienen conciencia. Y deben sentir cierto despojo.
Ya las estructuras no se sostienen. El perverso modelo económico que prima en nuestro país, no  nos permite seguir sosteniéndolos en su casa. Es impagable, mantener  un grupo de cuidadoras rotativas. Que además se ausentan , renuncian, desaparecen, con la misma facilidad con que un pájaro se posa solo por segundos en un cable de luz. Más de 20.000 $ mensuales es el gasto que esto implica… para empezar a conversar. Eso sin contar gastos de comida e insumos generales, de los que por supuesto también gozan las cuidadoras. Ya no puedo tenerlos más en su propia casa. Esa que amaron y compraron con tanta ilusión.
Pero no puedo hacerlo, me cuesta solo pensar en la idea de sacarlos de su casa. 
Se que llegara el momento de tomar esa decisión.
Y van a ir a vivir a un lugar que juzguemos bueno, seguro, aunque sabemos que jamás podríamos acceder a ESE  que no brindaría las garantías de salud, buen trato y alimentación que quisiéramos para ellos. Porque se lo merecen. Porque siempre trabajaron. Porque son buenas personas. Porque jamás robaron ni dañaron a nadie. Porque son seres humanos dignos. Simplemente no accederán por dinero. Porque son inaccesibles para una persona común, que trabaja todos los días. Impagable. Esas residencias cuestan $ 18 000 por  cada uno en adelante. Eso, aquí en Argentina es eso…impagable.
Y me duele, no es la realidad que soñé para ellos ni para mí, ni para sus nietos.
Lo bello de esta nueva despedida es que va a estar llena de amor y cuidado. Todo el que podamos dispensarles. Todo el que tengamos. De eso estoy segura.

Y va a ser difícil, muy difícil. Nadie podría negarlo.